Category: relato

El bosque

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Sus límites pertenecían al bosque. Más allá sabía que su mente se desquiciaría por competo, si no lo había hecho ya. La humedad del suelo, al que nunca le alcanzaba la luz, se sucedía debajo de sus pies descalzos siempre en constante movimiento, espasmódico, como el de un pequeño roedor asustadizo. La oscuridad del día tenía un tinte verdoso por las hojas caducas. La realidad del bosque se filtraba con ese tono apagado y mohoso junto con un vaho que recorría las cortezas de los mástiles erectos cuyas hojas estaban demasiado elevadas para percibirse. Y esa opaca claridad  nunca permitía saber si lo que se veía parecía ser algo o era realmente lo era. Si no se conocía el bosque era un lugar donde perderse sin embargo él no estaba perdido. El sabía que estaba en el bosque, ignoraba en que lugar de él exactamente pero sí sabía que en bosque. En caso que saliera de el estaría perdido, completamente expuesto.

Cada día tiene su noche y la noche en el bosque era tiniebla. Desaparecía la oscuridad para tornarse hacia un escalón mucho más denso de invisibilidad. Todos los demás sentidos se agudizan y se vuelven alarmas del miedo. La niebla sigue atravesando, cual espectro fantasmal, los cuerpos a su paso; el de él, el de los árboles. Se nota en los huesos y la piel se contrae. No se puede comprobar el origen de los ruidos así que deja de ser importante si son reales o producto de la mente en pánico. La noche lleva a la locura, él lo sabe y lo acepta. No tiene sentido no aceptar lo que uno vive, por duro que sea. Él está en el bosque y las sombras que su mente imagina, las voces que le susurran en el oído ya no son un problema como sí lo eran en la ciudad.

El bosque no es soledad a cada segundo algo está mutando bajo sus pies. Putrefacción que se sacude al ritmo de los gusanos, hojas que caen con trozos de corteza, el rocío que se evapora o una corriente de aire que eleva la hojarasca del suelo y deja entrever figuras humanas que le miran. Si parpadea a veces siguen estando ahí, otras se van. Pocas veces ve animales, aun así al cerrar los ojos las voces siguen susurrándole que siempre buscó la compañía de los animales porque no comprendía a los humanos. Esas palabras se repiten, cada día, cada noche. Al menos una vez, ya no lo sabe. A veces el silencio se vuelve imposible y debe empezar a gritar mientras huele el mugo que probablemente tapa sus fosas nasales por estar en contacto directo con el suelo. Los gritos impiden que oiga algo más que su voz.

El bosque es cruel y mortecino como su mente. Fuera de él sabe que se vería descompensado y desequilibrado, pero no en el bosque. Cuando se curaba sabía que debía ir allí, fue una elección personal lo sabe, lo sabe, es lo único que sabe. Que él decidió estar ahí y no en otra parte. El bosque es su límite y fuera de él estaba perdido. Porque las voces dicen que la naturaleza no contesta, que eso le impide tener problemas, pero los problemas prosiguen, esté entre humanos o entre plantas y animales. No lo comprenden, ellos no lo comprenden y el bosque sí. Sí, el bosque es tal cual es, no miente. Necesitaba encontrar aquello que le permitiera vivir, como todos. Su elección le mataría, como morirían todos. Que diferencia había, el aceptaba su realidad, que la aceptaran todos y le dejaran vivir.

El olor del barro le cubría todo el cuerpo blanquecino por la ausencia de luz. Si rascaba su piel podía sacar clapas como en la corteza de un árbol. Esto le calmaba, como le calmaba trepar a las ramas y divisar que nunca le alcanzaban las fuerzas como para estar lo suficientemente alto y ver el horizonte. Solo ramas y maraña de ramas que le protegían porque le asustaban, porque le obligaba a quedarse para siempre en el bosque. Ramas y más ramas que le hacían concebir como absurdo revelarse ante un miedo que te protege de la vida y te muestra la muerte.

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It girl

No había dormido casi nada. Tenía los nervios a flor de piel desde que su post había empezado a tener visitas. Cada lapso de tiempo, entre 2 y 30 minutos, necesitaba comprobar cuanto había ascendido su gráfica de visitas, cuantos habían comentado y si alguien con muchos seguidores se había dejado seducir por ello. Cada vez subía más lentamente pero seguía ascendiendo y eso era algo a lo que no tenía por costumbre de suceder. Las cosas que escribía parecían no interesar a nadie pese a que, desde un punto de vista subjetivo, no eran muy distintas a las de personas que tenían más de 200 likes diarios.

Se había obsesionado con una chica, una It girl en cuyo blog la dueña colgaba fotos con textos enigmáticos. Estos escritos solían ser breves y las imágenes modernas. Si uno leía sus posts sugerían muchas cosas pero realmente no decían nada. Funcionaban como imágenes, con su lenguaje visual que quizás le acercaba más a la poesía, pero sin serlo. No llegaban a eso. Para ser poesía es posible que necesitaran algo más o algo menos. Quizás el problema era que la muchacha era muy joven y todavía no tenía un universo demasiado complejo. Las ideas eran muy simples y cotidianas. Encontrabas una continuidad de obsesiones con símbolos, como las libélulas, para reflejar un dolor adolescente, casi puro si es que el dolor puede ser puro. No le gustaban los posts de ella, los consideraba banales, olían a profundidad mostrando solo la costra. Pero tenían algo adictivo, casi de folletín, seguramente producido por el formato en entregas. Sí eso conseguía que entrara al blog de la It girl una vez por la mañana, otra por el mediodía, otra por la noche.

Se había convertido en voyeur y había dejado de escribir. Odiaba el éxito de esa IT girl y sin darse cuenta empezó a copiar sus maneras, su estilo y los temas. La obsesión funcionaba como un espejo. Retwetteaba sus comentarios, intentaba hacerse visible en su Facebook en un intento de conseguir la atención de sus admiradores. ¿Pero que sentido tenia que los admiradores fueran a una imitación si podían tener a la original? ¿Qué sentido tenía si cuando acudían a su blog, este estaba vacío debido al bloqueo que sufría? La frustración fue creciendo día tras día. Ese sentimiento se hizo tan real que necesitó expresarlo por escrito. Le atacó verbalmente en una nueva entrada a su blog mostrando selfies tomadas del famoso Instagram de la chica, modificando algunos textos de sus entradas más valoradas hasta conseguir una perfecta parodia ácida y totalmente ofensiva.

Y ahí estaba, mirando ascender el contador, superando a la IT girl con solo un post. Encontrando comentarios que le atacaban de ser un algo repulsivo por haber posteado algo así, otros felicitando que se pusiera de manifiesto la estupidez de esa chica que ni era muy bonita ni interesaba a nadie con todos esos lugares cool y ropa moderna. Durante toda una noche se convirtió en trending topic. En la pantalla, a través de su blog sentía fluir el odio y resentimiento de miles de personas y se sentía como vértice desencadenante de ello. ¿Por fin era alguien en alguien en la red? ¿Alguien que podía superar la banalidad de esa estúpida niñita que posaba?

A las 10:00 am de la mañana la It girl escribió su único comunicado online a través de su blog que automáticamente se vinculó a sus otras redes sociales. En el aparecía una libélula clavada con una aguja y abajo unas única frase: “Cloroformo inyectado con malicia duele menos que ser colocada en un mostrarlo con alfileres”. El mensaje contenía un link que conectaba con el post ofensivo. No se lo podía creer, se triplicaron las visitas con respecto a la noche anterior. Se quedó una hora cargando su página de estadísticas en bucles de 3 segundos. Su enemiga estaba multiplicando a los curiosos. Empezó a profesar algo similar a un orgullo cuado este se parece al asco. La vanidad le impulsó a aprovechar el filón y escribir otro post. Sus dedos tecleaban inspirados, ese era muchísimo mejor, más personal y reflejaba lo que hacia tiempo no habría podido expresar. Tomó alguna foto hermosa para acompañar y lo subió.

Pero que extraño, el contador de visitas seguía creciendo de un modo más leve pero solamente gracias a su post anterior. Las estadísticas mostraban claramente que  nadie se paseaba por los anteriores escritos ni por el nuevo. La sangre se le heló en la nariz y el asco se hizo más evidente que el orgullo, esta vez. Visitó los distintos sites de la It girl, no daba señales de vida. Ese fue probablemente uno de los días más aburridos de su vida, comprobando actualizaciones en una pantalla, viendo quien decía qué y mordiéndose las uñas. ¿Había derrocado a un ídolo? ¿Por qué si había despertado la conciencia de las masas no leían su siguiente entrada?

A la mañana siguiente todo volvió a la normalidad. La It girl regresó a la labor de ingresar  más fotografías sobre la aparente intimidad, ropa y palabras emuladas como poesía sin apelar al conflicto del día anterior. Ya nadie entraba al post vejatorio, el tema había sido olvidado rápidamente. Pensó que la velocidad de la banalidad tiene ese precio: rápido esplendor, rápido olvido. Con eso acallar su frustración durante unos días y le permitió seguir alimentando su inactividad en post de un odio hacia las nuevas formas de expresión y el ejercito de seguidores que ellas están generando.

El crimen del lector

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Leer no te hace inteligente. A lo largo del día todos recibimos y leemos una gran cantidad de textos: escritos con signos lingüísticos, visuales, auditivos, gestuales y cócteles combinados de los anteriormente anotados en el menú. Pero siendo tradicionales en la acepción de “leer”, centrándonos únicamente en el lenguaje escrito, también podemos encontrar un sinfín de personas lectoras. Leemos en todas partes pero retenemos más bien poco ya sea por falta de interés o por pura biología cerebral de almacenamiento de información. Los que leen por afición, los que tienen el carnet vip de la librería a la que son asiduos, no tienen por que ser menos. Sin ofender.

Dicho de otro modo. Respetando la diversión que te hace coger un libro, éste puede convertirse, en pocos segundos, en el zapping de cualquier pasivo en el sofá. Y todo depende de precisamente de quien tiene el mando en las manos. Leer ficción siempre tendrá ese punto evasivo de diversión, y hasta ciertos ensayos pueden tenerlo. El quid de todo ello está en que el que sostiene ese puñado de papeles garabateados no salte de palabra en palabra como si se tratara de los botones del mando a distancia. Sino que retenga la atención, que piense. Que aquello que se lee no solamente forme la historieta humeante entre taxis neoyorquinos y luces parpadeantes de barrio bajo, donde la música sonaba a claxon y a maullidos de gato apaleado. El hombre de la gabardina roída y enjuta en el vientre observaba la ventana del segundo piso. Sostenía en una mano el pitillo consumido y en otra, dentro del bolsillo el arma metálica y negra. Hacía rodar la ruleta mientras contemplaba el perfil en sombras de esa chica rubia que iba desvistiéndose… ¡eo! ¿Hola?… poco a poco. La luz de la mesita de noche probablemente proyectaba sus contornos de un modo más sinuoso, ensalzando sus pechos y ¡¡estaba intentando hablaros!! y el liguero que ya empezaba a deslizar con sus dedos pierna abajo despistaba la vista de una lencería negra en lo más oculto y burdeos en los detalles de filigrana. No podía dejar de mirarla, era hermosa. Tiró el cigarrillo y al querer encalarse el gorro recordó que su otra mano aprisionaba la pistola. Era una pena que ella tuviera que morir hoy en sus manos. ¡¡¡¡¡BASTA!!!!!

Joder ¿es que tengo que ponerme borde?, estaba hablándoos de los lectores que no decodifican y solo están interesados en recrear imágenes de lo que leen como si las novelas estuvieran echas de imágenes y no de palabras y símbolos. Aquellos que ahora mismo exclusivamente quieren saber qué le iba a ocurrir a aquella chica proyectada en la ventana. El hombre decidió dejar de planteárselo porque era un personaje de novela policíaca prototípico. De esos que solamente tienen un yogur caducado y cerveza en la nevera. Su misión era acabar con la vida de esa mujer y empezó a subir la escalera. ¡NO! Otra vez la historia vuelve. La luz intermitente descubría únicamente su abrigo a pequeños flashes ascendientes. Peldaño a peldaño apretaba su arma contra el muslo. La moqueta le daba un tacto extraño en sus pasos, demasiado acolchado para un mocasín de suela dura y lisa. Se paró ante la puerta 2. El parpadeo ceso y todo quedó a oscuras. Bueno ya que esto no va a parar ni con las oportunas luces apagadas, voy a seguir contándoos. Uno no aprende por que lea sino por lo que retenga y por lo que reflexione. Retuvo la respiración, reflexionó un instante y golpeo a la puerta.

Una voz femenina dijo algo a través de la puerta que no pudo comprenderse, no se oyó el juego de llaves en la cerradura hasta pasados varios minutos. El hombre quiso derribar de un golpe la puerta pero el pestillo de cadena solo permitió abrir una rendija entre el marco y la puerta. Había que hacerlo sin rodeos, apuntarle y disparar sin tentarse por aquellos lascivos ojos o sentir deseos de aquellas piernas satinadas alrededor de su cintura. Porque el deseo argumental, querido lector, es ser vulnerable e incontrolado a manos de un tirano: el narrador, quien siempre tiene la última palabra y puede hacer lo que le rote. ¿Creéis que no podría volver esta novela negra en ciencia ficción, que abriera la puerta y fuera un Cyborg, o novela filosófica, que la mujer empezara a citar a Bunge y terminaran ambos debatiendo sobre el emergentismo y el realmismo científico? Pero no, pretendía explicar algo distinto hasta que no pude interceptar al narrador de novela negra. Un lector debe adelantarse a nosotros los narradores, puede hacerlo decodificando las palabras y sintagmas para saber con que trampas jugamos al construir un texto. Retener lo importante pues, el lector continuará una vez se acabe el texto el narrador no. Un texto no puede separarse de su modo de ser contado, los argumentos no hacen inteligente un libro su construcción sí. Así que leer no te hace inteligente, descifrar el texto sí. Así que como no me va lo de ser tirano, termina tu mismo la historia anterior, vuélvete tan narrador como yo, que previamente he sido lector.

Groenlandia y Finlandia

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Tengo dos amigas Groenlandia y Finlandia.

Groen es una chica muy impulsiva. Como medita poco las cosas, comete ciertas imprudencias que a veces la hacen parecer una loca. A mi ella me encanta pero cae mal a casi todos los nuevos amigos a quienes se la presento. Cuando dice alguna atrocidad en público Fin y yo solemos decir: “Es Groen” para justificarla cuando objetivamente eso no justifica nada. Al no reflexiona sus actos ni sus palabras se deja llevar por el consenso establecido. Sus opiniones suelen ser las que en su entorno y momento repiten todos como loros. Se la podría considerar prejuiciosa y así la vamos a considerar. Creo que es cuestión de comodidad pero no pondría la mano en el fuego. Lo que sí sé es que en su interior hay una contradicción que la está machacando. Ella estructura su mente y actúa de un modo extraño pero toma como verdaderos comportamientos estereotipados y anodinos. Groen opta a un tipo de vida convencional porque sus rarezas le han hecho preferir o alejarse de todo eso.

Fin adora todo lo bonito y lo bohemio. Le gusta rodearse también de personas bonitas y bohemias, que les guste a su vez las cosas bonitas y bohemias y que en una gran ciudad termina siendo un mundo de apariencia. Eso hace que tome como verdaderos modos de vida muy atípicos pero relativamente frecuentes. Suele romper con su rutina cada cierto tiempo para empezar una nueva vida. Ha intentado ser creativa, vivir en otros países, dejar a su pareja y no lo ha conseguido. Proyecta planes bastante descabellados que siguiendo unas pautas y con constancia podrían ser brillantes pero se quedan en nada por falta de método. Cuando Fin comenta que va a emprender una aventura Groen y yo solemos decir: “Es Fin” para justificarla cuando objetivamente eso no justifica nada. Su contradicción es por tanto salirse del estereotipo adquiriendo retos imposibles de realizar. Groen avanza por la vida modificando tanto las maneras de llegar a su objetivo como el objetivo en sí.

 En un momento determinado Groenlandia, Finlandia y yo éramos más parecidas. El tiempo nos ha vuelto muy distintas y eso a veces provoca querellas. Me asombro cuando la gente dice que las personas no cambian. Nuestras células se regeneran cada 7 años, cada tipo de célula a tiempos distintos. Así que podríamos decir que pasados unos 14 años nuestros cuerpos son totalmente distintos, ¿por qué no iban a cambiar nuestros hábitos y caracteres? Que cambien hacia la dirección que queremos ya es otro tema muy distinto. Groen y Fin no solo han mutado y definido sus caracteres a personas casi incompatibles sino que el concepto “cambio” forma parte de su carácter en sus distintas acepciones. Groen es el cambio entendido como conversión de su carácter en el contrario de lo establecido, para llegar a un ideal de modelo de vida. En el caso de Fin, toma distintas vivencias: una por otra y por otra y por otra. Al final estas variaciones, más que ser diferentes o contrarias, resultan ser de valor análogo. Cuando cualquiera de las dos resopla y dice: “Imposible entenderse con ella, somos muy distintas”, siempre pienso: “Sí, pero las tres somos productos diferentes del cambio”.

Las voy a echar de menos en mis transformaciones personales que se avecinan.

Pies planos

planos

Tengo los pies planos, muy planos. El 20% de los humanos tiene el mismo problema y andamos como si pisáramos huevos. Es una de esas enfermedades que solo importaban para saltarte el servicio militar, desde que no es obligatorio a todo el mundo le da bastante igual, siendo mujer doble indiferencia. En una guerra sería cocinera y agradecería el no tener que salir a matar gente a la ausencia de arco de mis pies, vendría a ser una llanura pacifista. Es una patología que no parece resonar demasiado en la actualidad, únicamente cuando se es un bebé y se le puede poner remedio.

Mi madre me hacia visitar dos veces al año un podólogo que solía hacerme andar por una plataforma elevada de cristal con espejos en su interior. De este modo el médico podía ver como se imprimían en los vidrios las plantas de mis pies y, a su vez, contemplar mis braguitas de niña. También hacia moldes de mis pies con silicona y me daba fotocopias con ejercicios que en su mayoría consistían en mover mucho los dedos. Al médico le encantaba toquetearme los pies y decir: “Vas a ser una chica muy alta”. Era mágico pensar que podía saber cómo sería de mayor escrutando mis extremidades como si fuera una bola de cristal. Recoger las plantillas ya era menos divertido. Eran dolorosas y enormes. Solamente podían encajar en esos zapatos ortopédicos azul marino parecidos a las Merceditas incombinables con la ropa 80’s de una niña de 6 años.

Entre las muchas actividades que el podólogo me recomendó estaba la de hacer ballet. Mi madre le encantó la idea pues era uno de esos sueños frustrados que un hijo, se supone, debe tomar para restablecer el orden de las cosas. Decían que subir y bajar el talón, poniéndome de puntillas una y otra vez, ayudaría a desarrollar el puente. Nunca ayudó a nada pero resultó que era bastante buena bailando: de pato andando a cisne bailando.  La profesora me colocaba como figura central en sus coreografías y, frecuentemente, en los vestidores, mi madre y ella hablar sobre mi futuro mientras yo me descalzaba las bailarinas. Lamentablemente las ganas que le ponían ellas eran inversamente proporcionales a las ganas que le ponía yo a continuar. Lo dejé tan pronto empecé a esbozar una boba rebeldía.

No sé si fue una desesperada voluntad de arreglar mis pies de una vez o una frustración por abandonar el ballet pero mi madre me cambió de podólogo. El nuevo parecía sacado de una película de Sci-Fi de los 50. Me hizo ingresar en un centro de rehabilitación muy moderno, blanco y tecnológico que tenía un sinfín de aparatos. Primero te llenaban el pie de electrodos y desde un modulador de frecuencias el médico jugaba a ser Karlheinz Stockhausen subiendo y bajando la potencia eléctrica de las descargas. Después venía otra maquina donde unos tornillos aprisionaban mi pierna con intención de fijarla y estirar los músculos y huesos. Por último habían unas superficies rugosas por las que tenía que pasear mi planta del pie que seguía como una tabla de surf. Fui a ese centro durante ese periodo incierto entre la infancia y la adolescencia.

El día que Dr. Frankenstein Stockhausen me dijo que mi pie nunca iba a conseguir un puente vulgar y común pero que recomendaban que continuar con los ejercicios sentí un alivio liberador y fugaz. Había terminado una época, era mayor, ya no podían corregir todas las malformaciones con las que había nacido y me iban a dejar en paz. Tal como se predijo fui alta y gracias a los ejercicios puedo coger bolígrafos con los dedos de los pies.