DFW y la frustración

extincion

Uno de los temas que persiguió a David Foster Wallace y nos hizo correr en huida con él al leerlo en sus narraciones es la frustración vital. Esa que te impide seguir siendo la misma persona cuando la conoces y te miras frente a frente con ella. La estampida masiva que provoca este monstruo de Serie B suele ser inversa a la que vemos en las películas de vampiros y de hombres envueltos en sabanas rasgadas, no se corre hacia fuera sino hacia dentro destruyendo cada recoveco del interior que uno creía tan central, tan especial, tan único e insustituible de su personalidad. DFW pertenece a esa clase de personas que es capaz de ver la magia del ser humano, analizarla y destrozarla en tantos pedazos como la sierra eléctrica de Leatherface. Porque él estructura sus argumentos desde el sentido filológico de frustración (AKA Privar a alguien de lo que esperaba). Se coloca en la perspectiva de personas anodinas, que somos todo el mundo, con las altas aspiraciones que todos pueden tener -esos deseos ocultos, o no, que la humanidad guarda en sus cajitas recubiertas de melanina supurante y pelo- y mediante dosis de realidad social estándar de cualquier país occidentalizado que implique economía, dinero y sistema organizado por los dos anteriores lo priva de llegar a conseguirlas. Esos seres que son conscientes de que el sistema les impulsa a desear de un modo determinado, que no saben conjugarlo con su privacidad y sus aspiraciones, que se entorpecen a si mismos para ser ellos mismos. Así es y así nos lo cuenta DFW en los ejemplos al azahar que pongo a continuación. Felices vísperas de Halloween.

«Y cuando ahora piensa en la puerilidad ilusa y en el narcisismo de aquellas fantasías, una década aproximada después, Schmidt experimenta una especie de estremecimiento interior de cuerpo entero, esa clase de vergüenza-ante-uno-mimo que hace que nuestros recuerdos más mortificadores sean objeto de fascinación y a la vez de repulsión, aunque en el caso de Terry Schmidt cierta cantidad de introspección y psicoterapia (esta última era el origen de las caricaturas de sí mismo que garabateaba durante sus momentos de inactividad en el cubículo beige) le había permitido entender que sus fantasías profesionales no eran en sus puntos principales extraordinarias que un gran porcentaje de hombres y mujeres jóvenes y brillantes encuentran el ímpetu que apoya su elección de una carrera en la creencia de que son fundamentalmente distintos a la gente corriente, excepcionales y en cierta forma superiores, mas centrales por decirlo de alguna forma y llenos de significado -¿qué otra cosa podría explicar el hecho de que se han encontrado en el centro exacto de todo lo que han experimentado durante todos su veinte años de vida consciente?- y que pueden marcar la diferencia y van a hacerlo en su campo de trabajo simplemente  por el hecho de su presencia central y excepcional en el mismo (…). Schmidt tuvo un breve vislumbre de todos ellos en la sala de conferencias como icebergs y/o témpanos de hielo, con solo el extremo superior por encima de la superficie, inexplorados e inescrutables los unos para los otros, y se imaginaba que era probable que solo en el matrimonio (y eso en los matrimonios buenos, no en la decorosa danza de soledad que vio ejecutar a su padre y a su madre durante diecisiete años, sino en una intimidad conyugal verdadera) los cónyuges se permitieran entre ellos ver por debajo de la máscara pública de la punta del iceberg y consintieran en ser conocidos de verdad, tal vez hasta el punto de no solamente dejar que el cónyuge viera la repulsiva masa de lunares que tenían bajo el brazo izquierdo o la forma en que después de cualquier clase de infección viral o provocada por el frío las uñas de ambos pies se volvieran de color amarillo oscuro durante varias semanas, sino quizá incluso muy de vez en cuando sollozaran abrazados en plena madrugada y expulsaran los miedos íntimos más lóbregos y las ideas de fracaso e impotencia y de pequeñez terrible y absoluta en el seno de una máquina profesional aplastante en la cual uno no podía creer que hubiera tenido alguna vez la temeridad de pensar que podía ayudar a ejercer cambios o a marcar la diferencia o a hacer cualquier cosa más que ser una piececita anónima entre muchas, y la vergüenza de estar tan ansioso por ejercer alguna clase de impacto real en la industria que uno había llegado a fantasear una y otra vez con decidir finalmente que era mejor marcar una siniestra diferencia con la aguja hipodérmica y ocho centímetros de destilado de recinas, que de alguna forma era más fiel a la centralidad y la importancia de uno que no ser nada más que una piececita anónima y desempeñar un trabajo que incontables millares de otros hombres y mujeres jóvenes y brillantes podían desempeñar al menos tan bien como uno, o tal vez habría que decir mejor que uno ahora, ya que por lo menos los más jóvenes de ellos todavía creían en su interior que estaban hechos para algo más grande y más central y relevante que pastorear a hombres distraídos en sus propios asuntos por una falsa-reunión-interna y al mismo tiempo todavía se creían capaces (= los jóvenes brillantes) de empezar a manifestar su potencial más amplio para el impacto y la eficacia (…). O tal vez  que incluso la mera posibilidad de expresar algo de este dolor emocional infantil a alguien parecía imposible salvo en el contexto del misterio del matrimonio verdadero, que no era una simple ceremonia y fusión financiera sino una verdadera comunión espiritual, y últimamente Schmidt sentía que estaba llegando a entender por qué durante todo su catecismo infantil y tiempo previo a la confirmación la Iglesia se refería al mismo como el Sagrado Sacramento del Matrimonio, porque parecía realmente tan milagroso y transnacional y alejado de las posibilidades de la vida real que vive la gente como la crucifixión, la resurrección y la transubstanciación, lo cual equivale a decir que no se presentaba como una meta que uno pudiera alcanzar o cumplir alguna vez en la vida, sino como una especie de estrella para orientarse en la navegación, algo elevado e intocable y milagrosamente hermoso de esa forma distante siempre recuerda lo ordinario y poco hermoso e incapaz de milagros que eres tú.»

David Foster Wallace, “Señor Blandito”, Extinción, Debolsillo, Barcelona, 2009, pp.41-45

«Aun mientras escribía mi nota a Fern, por ejemplo, expresando sentimientos y remordimientos que eran reales, una parte de mí estaba fijándose en que era una nota muy buena y sincera, y anticipando el efecto sobre Fern de esta o aquella frase sentida, mientras que otra parte se dedicaba a contemplar la escena de un hombre con camisa de vestir y sin corbata sentado en su rincón del desayuno y escribiendo una nota muy sentida en la última tarde de su vida, y la superficie de madera clara de la mesa temblaba bajo la luz del sol y tanto el pulso firme del hombre como su cara estaban atormentados por el arrepentimiento y ennoblecidos por la resolución, y aquella parte de mí venía a flotar por encima y justo a la izquierda de mí, y a pensar en qué actuación tan buena y genuina en un drama sería la mía si no fuera porque todos habíamos estado expuestos a incontables escenas idénticas a aquella en dramas ya desde la primera vez que vimos una película o leímos un libro, lo cual implicaba en cierto sentido que las escenas reales como las de mi nota de suicidio ahora eran únicamente convincentes y genuinas solo para quienes participaban en ella, y  que a cualquier otra persona le resultarían banales o incluso algo cursis o sensibleras, lo cual resultaba un poco paradójico si uno considera –tal como yo consideraba, sentado allí en mi rincón del desayuno- que la razón de que escenas como aquella resultarían rancias o manipuladoras para un público es que ya hemos visto muchas de ellas en dramas, y sin embargo la razón de que hayamos visto tantas en dramas es que las escenas son realmente dramáticas y convincentes y permiten a la gente comunicar realidades emocionales muy profundas y complicadas que son casi imposibles de articular de ninguna otra forma, y al mismo tiempo había todavía otra faceta o parte de mí que se daba cuenta de que desde aquella perspectiva mi problema básico era que ya desde una edad temprana yo había en cierta manera elegido probar suerte con el supuesto público del drama de mi vida en lugar de con el drama en sí,  y que aun ahora estaba contemplando y calibrando la calidad y los probables efectos de mi supuesta actuación, y por tanto, en el análisis final, al escribir la nota a Fern yo era exactamente el mismo fraude manipulador que había sido durante toda mi vida que me había llevado a aquella escena culminante de escribir la nota y firmarla y escribir la dirección en el sobre y ponerle los sellos y meterme el sobre en el bolsillo de la camisa (siendo totalmente consciente de la resonancia de que estuviera allí, junto a mi corazón, en aquella escena), con el plan de dejarla en el buzón de camino a Lily Cache Road y al lateral del puente en el que yo pretendía estampar mi coche a una velocidad suficiente como  para desplazar todo el morro y empalarme con el volante y matarme al instante.»

«(Tiempo/Presente) Es lo que hace sitio a todos los universos que hay dentro de usted, a todos los interminables fractales plegados sobre sí mismo de conexiones y a las sinfonías de voces distintas, a los infinitos que usted nunca puede mostrar a nadie. ¿Y cree que le convierte en un fraude, esa fracción diminuta que los demás no ven? Por supuesto es un fraude, por supuesto que lo que la gente ve nunca es usted. Y  por supuesto, usted sabe esto, y por supuesto intenta usted gestionar qué parte verán si solo puede ser una parte. ¿Y quien no lo haría? Se llama libre albedrío, Sherlock. Pero al mismo tiempo es la razón de que uno se sienta tan bien cuando se derrumba y llora delante de otra gente, o cuando se ríe.»

David Foster Wallace, “El neón de siempre”, Extinción, Debolsillo, Barcelona, 2009, pp.214-218

«La interacción paradójica entre el público y la celebridad. La conciencia reprimida de la razón misma de que a la gente normal le resultara fascinante la celebridad era que ellos no eran famosos. No era exactamente así. (…) Era más bien el conflicto más profundo, más trágico y universal del que la paradoja de la celebridad formaba parte. El conflicto entre la centralidad subjetiva de nuestras vidas versus nuestra conciencia de su insignificancia objetiva. Atwater sabía –igual que todo el mundo en Style, aunque en virtud de algún extraño consenso no manifiesto nadie lo decía nunca en voz alta- que aquel era el gran conflicto que daba forma a la psique norteamericana.  La gestión de la insignificancia. Era el gran vínculo sincrético de la monocultura de Estados Unidos. Estaba por todas partes, en la raíz de todo: de la impaciencia en las colas largas, de las trampas en los impuestos, de los movimientos en la moda y en la música y en el arte, del marketing. Era la sensación de que los famosos eran tus amigos íntimos, junto con la conciencia incipiente de que millones incontables de personas se sentían igual…. Y de que los famosos no. Atwater había tenido contacto con cierto número de famosos (no había forma de evitarlo en las GFC), y no eran, según su experiencia, gente muy amigable ni considerada. Lo cual tenía sentido cuando uno tenía en cuenta que los famosos no estaban realmente funcionando como gente en absoluto, sino como algo más parecido a símbolos de sí mismos.»

David Foster Wallace, “El canal del sufrimiento”, Extinción, Debolsillo, Barcelona, 2009, pp.345
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