El crimen del lector

readissexy

Leer no te hace inteligente. A lo largo del día todos recibimos y leemos una gran cantidad de textos: escritos con signos lingüísticos, visuales, auditivos, gestuales y cócteles combinados de los anteriormente anotados en el menú. Pero siendo tradicionales en la acepción de “leer”, centrándonos únicamente en el lenguaje escrito, también podemos encontrar un sinfín de personas lectoras. Leemos en todas partes pero retenemos más bien poco ya sea por falta de interés o por pura biología cerebral de almacenamiento de información. Los que leen por afición, los que tienen el carnet vip de la librería a la que son asiduos, no tienen por que ser menos. Sin ofender.

Dicho de otro modo. Respetando la diversión que te hace coger un libro, éste puede convertirse, en pocos segundos, en el zapping de cualquier pasivo en el sofá. Y todo depende de precisamente de quien tiene el mando en las manos. Leer ficción siempre tendrá ese punto evasivo de diversión, y hasta ciertos ensayos pueden tenerlo. El quid de todo ello está en que el que sostiene ese puñado de papeles garabateados no salte de palabra en palabra como si se tratara de los botones del mando a distancia. Sino que retenga la atención, que piense. Que aquello que se lee no solamente forme la historieta humeante entre taxis neoyorquinos y luces parpadeantes de barrio bajo, donde la música sonaba a claxon y a maullidos de gato apaleado. El hombre de la gabardina roída y enjuta en el vientre observaba la ventana del segundo piso. Sostenía en una mano el pitillo consumido y en otra, dentro del bolsillo el arma metálica y negra. Hacía rodar la ruleta mientras contemplaba el perfil en sombras de esa chica rubia que iba desvistiéndose… ¡eo! ¿Hola?… poco a poco. La luz de la mesita de noche probablemente proyectaba sus contornos de un modo más sinuoso, ensalzando sus pechos y ¡¡estaba intentando hablaros!! y el liguero que ya empezaba a deslizar con sus dedos pierna abajo despistaba la vista de una lencería negra en lo más oculto y burdeos en los detalles de filigrana. No podía dejar de mirarla, era hermosa. Tiró el cigarrillo y al querer encalarse el gorro recordó que su otra mano aprisionaba la pistola. Era una pena que ella tuviera que morir hoy en sus manos. ¡¡¡¡¡BASTA!!!!!

Joder ¿es que tengo que ponerme borde?, estaba hablándoos de los lectores que no decodifican y solo están interesados en recrear imágenes de lo que leen como si las novelas estuvieran echas de imágenes y no de palabras y símbolos. Aquellos que ahora mismo exclusivamente quieren saber qué le iba a ocurrir a aquella chica proyectada en la ventana. El hombre decidió dejar de planteárselo porque era un personaje de novela policíaca prototípico. De esos que solamente tienen un yogur caducado y cerveza en la nevera. Su misión era acabar con la vida de esa mujer y empezó a subir la escalera. ¡NO! Otra vez la historia vuelve. La luz intermitente descubría únicamente su abrigo a pequeños flashes ascendientes. Peldaño a peldaño apretaba su arma contra el muslo. La moqueta le daba un tacto extraño en sus pasos, demasiado acolchado para un mocasín de suela dura y lisa. Se paró ante la puerta 2. El parpadeo ceso y todo quedó a oscuras. Bueno ya que esto no va a parar ni con las oportunas luces apagadas, voy a seguir contándoos. Uno no aprende por que lea sino por lo que retenga y por lo que reflexione. Retuvo la respiración, reflexionó un instante y golpeo a la puerta.

Una voz femenina dijo algo a través de la puerta que no pudo comprenderse, no se oyó el juego de llaves en la cerradura hasta pasados varios minutos. El hombre quiso derribar de un golpe la puerta pero el pestillo de cadena solo permitió abrir una rendija entre el marco y la puerta. Había que hacerlo sin rodeos, apuntarle y disparar sin tentarse por aquellos lascivos ojos o sentir deseos de aquellas piernas satinadas alrededor de su cintura. Porque el deseo argumental, querido lector, es ser vulnerable e incontrolado a manos de un tirano: el narrador, quien siempre tiene la última palabra y puede hacer lo que le rote. ¿Creéis que no podría volver esta novela negra en ciencia ficción, que abriera la puerta y fuera un Cyborg, o novela filosófica, que la mujer empezara a citar a Bunge y terminaran ambos debatiendo sobre el emergentismo y el realmismo científico? Pero no, pretendía explicar algo distinto hasta que no pude interceptar al narrador de novela negra. Un lector debe adelantarse a nosotros los narradores, puede hacerlo decodificando las palabras y sintagmas para saber con que trampas jugamos al construir un texto. Retener lo importante pues, el lector continuará una vez se acabe el texto el narrador no. Un texto no puede separarse de su modo de ser contado, los argumentos no hacen inteligente un libro su construcción sí. Así que leer no te hace inteligente, descifrar el texto sí. Así que como no me va lo de ser tirano, termina tu mismo la historia anterior, vuélvete tan narrador como yo, que previamente he sido lector.

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