Prólogo a los autores noveles

La contemporaneidad de este prólogo me ha dejado a cuadros. Descubrir al final quien lo escribió más, pues nunca fué santo de mi devoción. Lo comparto porque opino de un modo muy parecido. Vendría a ser una declaración de principios.

«Se ha ejercido tanto la critica negativa en todos los ordenes, que por ella quizás hemos llegado a la insana costumbre de creernos un pueblo de estériles absolutamente inepto para todo. Tanta crítica pesimista, tan profiado regateo, y en muchos casos negación de las cualidades de nuestros conteporáneos, nos ha traido a un estado de temblor y ansiedad continuos; nadie se atreve a dar un paso por miedo a caerse. Pensamos demasiado en nuestras debilidades y acabamos por padecerla; creemos que se nos va la cabeza, que nos duele el corazón y que se nos vicia la sangre, y de tanto decirlo y pensarlo nos vemos agobiados de crueles sufrimientos. Para convencernos de que son ilusorios no sería malo supender la crítica negativa, dedicandonos todos, aunque ello parezca extraño, a infundir ánimos al enfermo, diciéndole: “Tu debilidad no es más que pereza, y tu anemia proviene del sedentarismo. Levántate y anda, tu naturaleza es fuerte: el miedo la engaña, sugiriéndole la desconfianza de sí misma, la idea errónea de que para nada sirves ya, y de que vives muriendo.” Convendría pues, que los censores disciplientes se callaran por algún tiempo, dejando que alzasen la voz los que reparten el oxígeno, la alegría, la admiración, los que alientan todo esfuerzo útil, toda iniciativa fecunda, toda idea feliz, todo acierto artístico o de cualquier orden que sea.

Estas apreciaciones de carácter general, sugeridas por una situación especialísima de los españoles, las aplico a las cosas literarias, pues en este terreno estamos más necesitados que en otro alguno de prevenirnos contra la terrible epidemia. (…) Para que una obra poética o narrativa alcance una longevidad siquiera decorosa no basta que en sí tenga condiciones de salud y robustez; se necesita que a su buena complexión se una la perseverencia de autores o editores para no dejarla languidecer en obsuro rincón; que estos la saquen, la ventilen, la presenten, arriesgándose a luchar en cada nueva salida con la indiferencia de un público, no tan malo por escaso como por distraído. El público responde siempre y cuando se le sale al encuentro con la paciencia y tranquilidad necesarias para esperar a las muchedumbres, esas llegan, pasan y recogen lo que se les da. No serían tan penosos los plantones aguardando el paso del público, si la prensa diera calor y verdadera vitalidad circulante a las cosas literiaras, en vez de limitarse a conceder a las obras un aprecio compasivo y a prodigar sin ton ni son a los autores adjetivos de estampilla. (…) Todo es cuestión de paciencia. En los tiempos que corren, esa preciosa virtud hace falta para muchas cosas de la vida artística; sin ella la obra literaria corre peligro de no nacer o de arrastrar vida miserable después de un penoso nacimiento. Seamos pues pacientes, sufridos, tenaces en la esperanza, benévolos con nuestro tiempo y sociedad en que vivimos, persuadidos de que uno y otra no son tan malos como vulgarmente se cree y dice, y de que no mejorarán por virtud de nuestras declamaciones, sino por inesperados impulsos que nazcan de su propio seno.»

Prólogo a La Regenta, Benito Pérez Galdós, Madrid, enero de 1901

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