Pies planos

planos

Tengo los pies planos, muy planos. El 20% de los humanos tiene el mismo problema y andamos como si pisáramos huevos. Es una de esas enfermedades que solo importaban para saltarte el servicio militar, desde que no es obligatorio a todo el mundo le da bastante igual, siendo mujer doble indiferencia. En una guerra sería cocinera y agradecería el no tener que salir a matar gente a la ausencia de arco de mis pies, vendría a ser una llanura pacifista. Es una patología que no parece resonar demasiado en la actualidad, únicamente cuando se es un bebé y se le puede poner remedio.

Mi madre me hacia visitar dos veces al año un podólogo que solía hacerme andar por una plataforma elevada de cristal con espejos en su interior. De este modo el médico podía ver como se imprimían en los vidrios las plantas de mis pies y, a su vez, contemplar mis braguitas de niña. También hacia moldes de mis pies con silicona y me daba fotocopias con ejercicios que en su mayoría consistían en mover mucho los dedos. Al médico le encantaba toquetearme los pies y decir: “Vas a ser una chica muy alta”. Era mágico pensar que podía saber cómo sería de mayor escrutando mis extremidades como si fuera una bola de cristal. Recoger las plantillas ya era menos divertido. Eran dolorosas y enormes. Solamente podían encajar en esos zapatos ortopédicos azul marino parecidos a las Merceditas incombinables con la ropa 80’s de una niña de 6 años.

Entre las muchas actividades que el podólogo me recomendó estaba la de hacer ballet. Mi madre le encantó la idea pues era uno de esos sueños frustrados que un hijo, se supone, debe tomar para restablecer el orden de las cosas. Decían que subir y bajar el talón, poniéndome de puntillas una y otra vez, ayudaría a desarrollar el puente. Nunca ayudó a nada pero resultó que era bastante buena bailando: de pato andando a cisne bailando.  La profesora me colocaba como figura central en sus coreografías y, frecuentemente, en los vestidores, mi madre y ella hablar sobre mi futuro mientras yo me descalzaba las bailarinas. Lamentablemente las ganas que le ponían ellas eran inversamente proporcionales a las ganas que le ponía yo a continuar. Lo dejé tan pronto empecé a esbozar una boba rebeldía.

No sé si fue una desesperada voluntad de arreglar mis pies de una vez o una frustración por abandonar el ballet pero mi madre me cambió de podólogo. El nuevo parecía sacado de una película de Sci-Fi de los 50. Me hizo ingresar en un centro de rehabilitación muy moderno, blanco y tecnológico que tenía un sinfín de aparatos. Primero te llenaban el pie de electrodos y desde un modulador de frecuencias el médico jugaba a ser Karlheinz Stockhausen subiendo y bajando la potencia eléctrica de las descargas. Después venía otra maquina donde unos tornillos aprisionaban mi pierna con intención de fijarla y estirar los músculos y huesos. Por último habían unas superficies rugosas por las que tenía que pasear mi planta del pie que seguía como una tabla de surf. Fui a ese centro durante ese periodo incierto entre la infancia y la adolescencia.

El día que Dr. Frankenstein Stockhausen me dijo que mi pie nunca iba a conseguir un puente vulgar y común pero que recomendaban que continuar con los ejercicios sentí un alivio liberador y fugaz. Había terminado una época, era mayor, ya no podían corregir todas las malformaciones con las que había nacido y me iban a dejar en paz. Tal como se predijo fui alta y gracias a los ejercicios puedo coger bolígrafos con los dedos de los pies.

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